Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con su rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza sin erguir el cuerpo;
marchan en dos filas pausados y austeros
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello
y que por la espalda casi roza el suelo.